Una grabación para escapar de los abusos: Los menores que denuncian abusos se ven rodeados de burocracia judicial.

María, una niña de 9 años hace meses que se niega a irse con su padre los días que le corresponden según el reparto acordado por un juzgado de familia. La policía la espera esos días a la salida del colegio y asiste siempre a las mismas escenas: la negativa de la niña, que unas veces grita y otras se bloquea al ver a su progenitor; las súplicas de este, que en alguna ocasión han derivado en amenazas de agresión a la madre que han acabado ante el juez; y los lamentos de la mujer, que implora a los agentes para que no permitan que María se vaya con su padre.

La historia de María, que no se llama María, muestra el laberinto burocrático y judicial por el que a menudo tienen que pasar los pequeños que denuncian abusos de sus padres. Cuando hay mala relación entre los progenitores y no existen pruebas físicas claras de las agresiones, los jueces tienen que tomar una decisión solo con los testimonios de los protagonistas y con la exploración técnica que realiza el equipo psicosocial de los juzgados.

El perito que examinó a María no le creyó y un juzgado de Madrid archivó su caso en enero de este año, una decisión confirmada después por la Audiencia Provincial. La madre ha denunciado ahora la conversación en la que el padre admite los abusos.

Los dos últimos años de María han transcurrido entre denuncias cruzadas de sus padres por los abusos a la menor, incumplimientos de la mujer en el régimen de visitas y amenazas del hombre hacia su exmujer. Hasta que el martes 7 de junio, la niña tomó una pequeña grabadora de su madre y, al terminar las clases, se fue al baño y se la metió en una media. Ahí quedaron grabadas las siguientes seis horas, que pasó con sus abuelos y su padre. Cuando habían transcurrido 3 horas y 42 minutos, el padre le recrimina que no esté bien con él.

Tras un pequeño rifirrafe, el hombre le pregunta. “¿Pero cuándo te he tocado yo?”. “Muchas veces”, contesta la cría. “Pero cariño, eso es para jugar”, replica el padre. “Es que no tienes que hacerme eso nunca, mi cuerpo es mío”. “Tu cuerpo es tuyo, efectivamente (…), cuando tú decías que no te tocara, yo paraba”, le dice el padre, que añade: “Yo lo único que te estaba haciendo era cosquillas y estaba jugando contigo”.

El abuelo intenta mediar explicándole a la niña que su padre le tocaba para lavarle. “Eso hay que asearlo muy bien y darle pomada”, le dice.

—“No, no, no, si yo sé por lo que la niña lo dice, si yo sé a lo que ella se refiere”, le corrige el padre.

El abuelo insiste: “Yo también te lo he lavado, entonces sería igual”.

—“No, si ella no se refiere a eso, si yo sé a lo que se refiere”, aclara el padre.

—“¡Bueno, pues ya está!”, grita la niña.

—“¡Bueno, pues apechuga, pues apechuga!”, contesta a gritos él.

El abuelo insiste en que el padre solo la tocaba para lavarla y su hijo le corta de nuevo: “Ya está, papá, si ella se refiere a otra cosa. Habla con ella como si fuera una persona mayor, que ella no se refiere a eso”. “Ya, si lo sabemos”, zanja la abuela.

La discusión entre la niña, sus abuelos y su padre dura seis minutos. Tras dos segundos de silencio, los abuelos desvían la atención de María hacia sus muñecas Pin y Pon.

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